Sabemos que amamos

2–4 minutos

Alejandra Pizarnik escribe:

“En tu aniversario, recibe este rostro mío, mudo, mendigo. Recibe este amor que te pido. Recibe lo que hay en mí que eres tú. Que tu cuerpo sea siempre un amado espacio de revelaciones.”

Sabemos que amamos cuando reconocemos el gesto del otro en nuestros propios gestos; cuando de pronto nos encontramos hablando a solas para el otro; cuando sentimos que aún en la ausencia, la parte de nosotros, que es el otro, nunca morirá.

Muchos años después, la canción Always remember us this way ha dicho algo muy parecido: “The part of me that’s you will never die”. Y entre Pizarnik y Gaga un mar de gente a tu lado y al mío, gente que coincide en el haber amado de un verbo en pasado imperfecto. Ese hacerse en torno al ‘otro’ habita cual reflejo en los gestos, en las palabras, en las formas de decir o hacer algo; es un existir que adoptamos del ser amado, una palabra dicha de cierto modo, un gesto que emula y que evoca a esa persona desde su timbre hasta su alma. Un gesto —por mínimo que parezca—, como un colibrí abeja.

📷 LM/IA Infinite view dm24

Es la conexión del amor compartido; no es algo que ocurre de un solo lado, ocurre de mí hacia ti y de ti hacia mí. De pronto, ya no es la misma mi forma de contemplar una pintura con luna ni tu forma de mirar el inmenso mar. ¿Por qué?

“Once you have read a book you care about,

some part of it is always with you.”*

—Louis L’Amour.

Hay libros amados-muy amados, que aunque ya hayamos acabado de leer permanecen con nosotros por el lapso del siempre, habitando un espacio sagrado que honramos y agradecemos. Con ellos hemos aprendido una palabra que ya nunca olvidaremos, una historia que se quedará en nosotros como un eco, una idea que daremos a partir de esa historia leída, el retrato hablado y la metáfora, algún signo sobre el fuego azul descrito, un nota que se escapa de las cuerdas de una guitarra, el movimiento de la sombra fugaz que sin embargo se alargará eterna. Y el mundo es distinto, hay un antes y un después. Bueno, con las personas que se aman sucede lo mismo, aunque ya no estén.

📷 AA/IA Ocean reflecting view dm24

Si reparamos en ello, una delicada meditación sobre la permanencia del amor se vuelve cada uno de esos gestos, traducidos al fin en una herencia grave e íntima. Y entonces, sabemos que amamos cuando el otro no nos abandona del todo ni siquiera cuando se va. Porque el amor verdadero no desaparece: se disuelve en los gestos, en la palabra adoptada, en un perfume que pasó, en una costumbre que antes no era nuestra y que ahora lo es. Esa parte tuya, en mí, sigue pensando de manera abstracta en un color o en una clave de sol, tal como tú lo hacías. Esa parte mía, desde tu orilla, sigue diciendo esa palabra heredada sin saber que lo era. El amor compartido nos transforma. Y lo transformado permanece.

Como señales de algo que fue verdad, esta es una forma de guardar en nuestro regazo el amor.

📷 LM/IA Beach house dm24

——————

* Una vez que has leído un libro que consideras importante, alguna parte de este permanece siempre contigo.