Sobre el cuidado hacia el otro
LA PODADORA
La podadora se atascó dos veces; al agacharme a ver, hallé un puerco espín atorado entre sus filos, muerto. Se había escondido entre el pasto crecido.
Yo ya lo conocía, hasta le había dado de comer, y ahora, acababa de destrozar sin remedio la sencillez toda de su mundo. El entierro no sirvió de nada:
A la mañana siguiente, yo me levanté y él no. El día después de una muerte, la nueva ausencia es siempre igual; debemos tener mucho cuidado unos con otros, debemos demostrar nuestra bondad mientras aún tengamos tiempo para hacerlo.
Philip Larkin
Hull Literary Club Magazine
Junio 12 de 1979
“La atención es la forma más rara
y pura de generosidad.”
—Simone Weil.
Conocía este poema desde hace más de una década, pero lo había perdido de vista. Por cuestiones de la vida volví a encontrarlo este año, al final de abril [el mes más cruel, según Eliot, ¿no?], impreso en una pequeña hojita simple, con letras de molde. Lo leí una vez y sonreí con nostalgia. Así fue el hallazgo.
Pasaron unos días y el poema llegó a mi mente como una visita socrática y amable, pero no feliz. Era mayo. Lo busqué para leerlo. Lo leí una y otra vez, lo aparté de su lugar y lo coloqué apoyado al madero de la lámpara de mi mesita de noche, a modo de compañía, como si algo echara en falta, algo que pudiera darme, velada a velada, las buenas noches.

Para junio ya el pequeño erizo era mi amigo, salvo que había muerto. El papel se había despojado de sí; ahora respiraba, aunque tan solo como una figura poética, porque su latido, cual corazón, se había detenido. Y yo… que ya me había acostumbrado tanto a su presencia gracias a la lectura de su historia día tras día… Se había instalado como una de esas melodías de persistencia inaudible pero dolorosa.
En julio viajé a mi estancia del campo; para entonces me sabía ya el erizo-poema de memoria —aunque debería decir “de alma”, porque vive en mí, alojado entre la aorta y el corazón, en ese espacio vacío que parece no ser palpable—. Un día, sin previo aviso, algo dentro de mí se resquebrajó con la delicadeza de una taza que se agrieta en silencio. Desde entonces, lo llevo como se lleva un cuenco fino lleno de agua: con cuidado, evitando cualquier brusquedad. Cada vez que pienso en él, intento no moverme demasiado, como imaginando que el mundo entero fuera una pradera de hierba muy-muy crecida que esconde pequeñas criaturas.
Deseé conocer al narrador de la historia para proponerle una cruzada de reivindicación, aunque creo que debería decir “de redención”, ante los desastres universales que, como seres humanos, llevamos a cabo con tanta frecuencia: quebrando, arruinando, destruyendo… desde un dinosaurio de felpa o madera, hasta un continente, desde una flor de cristal azul hasta un hogar en potencia, desde un imperdible [más bien perdible] hasta una vida. Claro que, para ser sinceros, todos hemos sido podadoras alguna vez, y no siempre por accidente.
En estos días, ya agosto, he investigado todo acerca de los tiernos erizos y sus probabilidades de supervivencia en un mundo infestado de podadoras… No hay muchas esperanzas para estos pequeños, pero aun así, la ternura y el cuidado que todos deberíamos procurarles —a ellos y a todo ser viviente— son inmensos. Pienso en Odradek, en aquello mínimo y terco que, sin entenderse del todo, nos obliga a cuidar mejor lo que vive en aquel lugar al que llamamos o consideramos nuestro hogar. Regresan a mi memoria, ahora, frases y líneas como las de Dagerman: nuestra necesidad de consuelo en el mundo es infinita… quizá porque, en el fondo, sabemos que nada es tan frágil como aquello que amamos: el erizo, el poema y nosotros mismos, que aún debemos aprender a no ser podadoras.

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Erizoideas erráticas .-
• Buscando calor nos herimos con las púas. Schopenhauer/Freud paraphrase. Thought: Entre el frío y la herida, el cuidado es el arte de la distancia justa.
• A diferencia del zorro que sabía muchas cosas, en efecto, el erizo sabía una sola gran cosa: sobrevivir. Pero llegó mi podadora. Isaiah Berlin idea.
• Desde entonces, camino, aún más despacio. No por miedo: por inventario.
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Sobre Philip Larkin. Fue un poeta, novelista y librero inglés que vivió entre 1922 y 1985. Su estilo conversacional, su lenguaje sencillo y ajeno a toda pretensión lo acercó al público en general. Entre los temas que narra con melancolía están el paso del tiempo, las relaciones personales y la cotidianidad del mundo; hechos que le llevaron a explorar el sentido profundo y filosófico de la vida. Su poema más conocido es ‘The Trees’, que aparece en el libro ‘High windows’, publicado en 1974.
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